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Bosteza, mira a su alrededor sin muchas ganas, como hastiado de hacer siempre lo mismo. Parece aburrido y su aburrimiento contagia al resto del vagón. Se ha llevado un libro, siempre lo lleva consigo, el mismo desde hace un año. Sus movimientos también son siempre los mismos, se sienta, saca el libro de su maletín, lo abre siempre por la misma página, y hace como que lee. Aprendió esa estrategia de otros. Es una buena protección contra los parlones, esos tipos que se suben ya oteando, como un cazador en busca de presa. Se sientan al lado de algún incauto que viaja sin libro, desprovisto de toda protección, y le dan el viaje.
Vuelve a bostezar y a pasear su mirada por el vagón. Cuenta a los pasajeros, seis mujeres y cinco hombres, con él seis. Somos doce, como los apóstoles, piensa. Doce por dos, en total son veinticuatro ojos pegados a un libro escudo. Ojos tristes y aburridos.
En la siguiente parada, suben otros dos ojos. Estos ojos son distintos, su alegría es contagiosa. Pero nadie se fija en ellos, ni en su brillo ni en su sonrisa. Son ojos capaces de cambiar el mundo, de un color indefinido, entre verde y azul y un poco grises, rasgados y despiertos. Ojos sabios que han vivido mucho, han recorrido países y han conocido otras gentes y culturas.
La conversación del que los lleva hubiera podido alegrar la mirada de los ojos más apagados del mundo.
Estación Termini, nuestro hombre bostezo cierra el libro, lo mete en su maletín, se levanta, se estira los pantalones y se agarra a la barra. Con la mirada perdida, espera a que el vagón se detenga del todo y baja.
Acaba de perder otra oportunidad para despertar a la vida. Pero no lo sabe. Sigue andando, se sube a otro tren, se sienta y saca el libro. 
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